UNO ENTRE MILLONES
MATERIALIDAD, MEMORIA Y LA ÉPICA DESPLAZADA DEL TRABAJO EN LA OBRA DE NÉSTOR JIMÉNEZ
PLÁSTICA
Revista de Arte
4/28/20264 min read


En el marco de una contemporaneidad atravesada por la reconfiguración estructural del trabajo y la progresiva desmaterialización de sus formas tradicionales, la exposición Uno entre millones de Néstor Jiménez se posiciona como una investigación plástica que interroga los imaginarios de clase, las narrativas de la masculinidad y los dispositivos de construcción de memoria en el México reciente. Lejos de inscribirse en una lógica de monumentalidad heroica, Jiménez desplaza la noción de épica hacia un territorio íntimo, donde lo cotidiano se vuelve campo de tensión política.
La muestra articula, a través de seis piezas en distintos formatos pintura de caballete, collage, escultura en cerámica, escultura cinética y pintura mural, un relato fragmentario que reconstruye los hitos de vida de un sujeto que, siendo singular, encarna una condición colectiva: la del hombre de clase trabajadora. La ambigüedad contenida en el título no sólo subraya la indistinción entre individuo y masa, sino que también señala la imposibilidad de aislar una biografía de los sistemas económicos y simbólicos que la atraviesan.
En este sentido, la obra de Jiménez puede leerse como un ensayo visual sobre la transición entre dos regímenes de producción: el capitalismo industrial, que estructuró identidades en torno al oficio, la repetición y la materialidad del trabajo, y el capitalismo de plataformas, caracterizado por la volatilidad, la inmediatez y la abstracción algorítmica. En este tránsito, el “hombre común” figura central en la exposición aparece como un sujeto en proceso de desaparición, desplazado por dinámicas de automatización y por la creciente centralidad de la inteligencia artificial en la organización del trabajo.
No obstante, frente a esta tendencia hacia la desmaterialización, Jiménez insiste en el peso específico de los materiales. Cemento, plywood y superficies recuperadas de viviendas populares no sólo funcionan como soportes, sino como archivos en sí mismos: contienen rastros de habitabilidad, de desgaste, de precariedad y de resistencia. La elección de estos materiales activa una dimensión táctil que contrasta con la inmaterialidad de las economías digitales, devolviendo al espectador una experiencia situada en lo físico.
Este énfasis en la materialidad encuentra resonancias en la tradición del muralismo mexicano, particularmente en las exploraciones espaciales y técnicas de David Alfaro Siqueiros. La referencia al muralismo poliangular no se limita a una cita formal, sino que se articula como un campo de tensión conceptual: Jiménez retoma las aspiraciones del muralismo como proyecto de representación social, al tiempo que expone sus contradicciones internas, especialmente aquellas vinculadas a la relación entre ideología política, clase y acceso efectivo al bienestar.
Sin embargo, a diferencia de los programas totalizantes del siglo XX, la obra de Jiménez no propone una narrativa unificadora. Por el contrario, su práctica se construye desde la fragmentación, la distorsión y la reescritura. A través de ejercicios de memoria, acciones reconstruidas y versiones inventadas de eventos históricos, el artista configura una cartografía inestable de la periferia oriente de la Ciudad de México. Esta cartografía no busca documentar, sino problematizar: cuestiona la forma en que los territorios y sus violencias han sido representados y, en muchos casos, simplificadospor los discursos oficiales.
En este punto, la noción de archivo resulta central. La producción de Jiménez puede entenderse como la construcción de un archivo plástico antagonista al estatal: un conjunto de imágenes que no aspiran a la neutralidad, sino que asumen su carácter situado, parcial y conflictivo. Frente a las narrativas hegemónicas que ordenan la historia en función de proyectos de nación, este archivo alternativo introduce disonancias, interrupciones y fisuras.
La dimensión de la masculinidad atraviesa de manera transversal la exposición. El sujeto que habita estas obras no responde a los modelos tradicionales de virilidad asociados a la productividad, la fortaleza o el control. Por el contrario, se presenta como una figura vulnerable, en tránsito, atravesada por afectos y por una relación ambigua con las estructuras que históricamente definieron su lugar en el mundo. En este sentido, la exposición no sólo revisa las condiciones materiales del trabajo, sino también sus implicaciones simbólicas en la construcción de identidad.
La curaduría de Lucía Sanromán enfatiza esta dimensión afectiva al situar la exposición en un registro que oscila entre lo íntimo y lo político. La “epopeya” que propone Jiménez no es la del triunfo, sino la de la persistencia: una narrativa que reconoce la fragilidad como condición constitutiva, y no como carencia.
En términos formales, la obra despliega una serie de estrategias que refuerzan esta tensión entre construcción y descomposición. Las arquitecturas representadas aparecen fragmentadas, desproporcionadas o inestables, sugiriendo tanto la precariedad de las condiciones materiales como la imposibilidad de fijar una imagen estable del territorio. Esta distorsión no es un gesto meramente estético, sino una herramienta crítica que desarticula las formas convencionales de representación.
Asimismo, la incorporación de dispositivos escultóricos y cinéticos introduce una dimensión temporal en la exposición. El movimiento real o sugerido remite a procesos de transformación constantes, reforzando la idea de que tanto el sujeto como el contexto en el que se inscribe se encuentran en permanente devenir.
En última instancia, Uno entre millones plantea una pregunta fundamental: ¿cómo narrar la experiencia del trabajo y de la vida cotidiana en un momento en el que sus coordenadas tradicionales se desvanecen? La respuesta de Jiménez no se articula desde la certeza, sino desde la exploración. Su obra no busca ofrecer soluciones, sino abrir un espacio de reflexión donde las tensiones entre pasado y presente, entre materialidad e inmaterialidad, entre individuo y colectividad, puedan coexistir.
Así, la exposición se configura como un dispositivo crítico que, al tiempo que revisita las herencias del arte político en México, propone nuevas formas de pensar la relación entre arte, memoria y sociedad. En este contexto, la figura del “uno” deja de ser un dato estadístico para convertirse en un lugar de enunciación: un punto desde el cual es posible rearticular, aunque sea momentáneamente, las múltiples capas de experiencia que conforman lo social.
Y es precisamente en esa intersección entre lo singular y lo colectivo, entre lo íntimo y lo estructuraldonde la obra de Jiménez encuentra su potencia: en la capacidad de hacer visible aquello que, siendo común, permanece profundamente invisibilizado.






