SALÓN ACME 2026
EL ARTE COMO UMBRAL, LA ESPERA COMO FORMA Y EL CUERPO COMO ARCHIVO
PLÁSTICA
Revistade Arte
2/13/20266 min read


Cada febrero, la Ciudad de México deja de ser únicamente una capital cultural para convertirse en un territorio expandido de experimentación visual. Durante la Semana del Arte, la ciudad se reconfigura como un circuito vivo donde museos, ferias, espacios independientes, residencias artísticas y proyectos curatoriales conviven en una coreografía intensa que convoca a artistas, coleccionistas, curadores, críticos y públicos diversos. En ese entramado, Salón ACME ocupa desde hace trece ediciones un lugar particular: no es una feria en el sentido clásico del término, sino un dispositivo de visibilización de prácticas emergentes, un espacio donde el arte se presenta como proceso, riesgo y ensayo.
La 13ª edición de Salón ACME, realizada del 4 al 8 de febrero de 2026 en la colonia Juárez, se anuncia desde su acceso con una frase suspendida en el pasillo de entrada: “Todo pasa”. Más que un lema, la consigna funciona como una clave de lectura. La temporalidad, la fugacidad de la experiencia y la condición transitoria de las obras se vuelven ejes curatoriales que atraviesan el recorrido. El visitante entra sabiendo que lo que va a ver no está hecho para permanecer intacto, sino para activarse en la mirada, en el cuerpo y en la interpretación. El proyecto, impulsado por Base Proyectos, Archipiélago y Proyectos Públicos, confirma así su vocación de operar al margen de los formatos ultra-estandarizados del mercado del arte, defendiendo una escena emergente plural, experimental e internacional.
Salón ACME apuesta por una convocatoria abierta como mecanismo de selección. Para la edición 2026 se recibieron más de 1,800 propuestas, de las cuales fueron seleccionados 82 artistas, sumando 224 participantes en total. Este modelo no sólo democratiza el acceso a la visibilidad, sino que también produce un mapa heterogéneo de prácticas contemporáneas: artistas que trabajan desde la pintura expandida hasta la instalación, del arte sonoro a la cerámica, del performance a los proyectos de investigación visual y social. El resultado no es una narrativa curatorial homogénea, sino un paisaje fragmentado de discursos, donde las tensiones entre lo político, lo íntimo, lo material y lo simbólico conviven sin resolverse.
Desde las primeras salas, la experiencia exige una atención activa. En la Sala C.1, las piezas GAN-bang de Felipe Lozano, Números (797) de Mimi Laquidara y Acrobatrimatikon de Antoine Granier introducen una dimensión perceptiva que rebasa lo puramente visual. Se trata de obras que obligan a afinar el oído, a leer códigos conceptuales y a aceptar cierta incomodidad interpretativa. No buscan seducir de inmediato; exigen una disposición a la pausa, a la lectura lenta, al tiempo prolongado frente a la obra.
En particular, el trabajo de Mimi Laquidara propone una reflexión sutil sobre el tiempo contemporáneo. La artista recolecta tickets de turnos encontrados en el espacio público fragmentos de la burocracia cotidiana, papeles diseñados para ordenar la espera y los transforma en dibujos. El gesto es mínimo, pero la operación conceptual es potente: la espera, que suele vivirse como una suspensión improductiva del tiempo, se convierte en materia creativa. Dibujar es, en sí mismo, otro tipo de espera: esperar que la forma aparezca, que el trazo se complete, que el sentido se decante. Así, el tiempo urbano, funcional y disciplinario, se desplaza hacia un tiempo subjetivo, poético, abierto a la deriva.
El recorrido se organiza en seis secciones curatoriales Convocatoria, Bodega, Estado, Proyectos, Patio y Sala que permiten leer el conjunto como un sistema de intensidades variables. Algunas áreas privilegian la intimidad del formato; otras, la escala y la inmersión. Al llegar al Patio, el cuerpo del espectador se ve confrontado por la instalación monumental de Enrique López Llamas, I am the Resurrection and I am the Life. La obra presenta un cuerpo fragmentado, caricaturizado, suspendido en el espacio: pies, órganos, animales, símbolos populares, gestos pictóricos hiperrealistas y una cabeza con rostro de payaso componen una anatomía imposible.
Lejos de proponer una lectura unívoca, la pieza construye una imagen del cuerpo como archivo social: un territorio donde se inscriben la violencia simbólica, el consumo cultural, la iconografía de las campañas públicas, el deseo y la ironía. El cuerpo ya no es unidad orgánica, sino ensamblaje precario de signos. En este sentido, la obra dialoga con una larga tradición crítica que entiende el cuerpo como lugar de inscripción de lo social, un campo donde se cruzan biopolítica, cultura visual y subjetividad contemporánea.
En la sección de proyectos invitados, el énfasis se desplaza hacia la materialidad y el gesto íntimo. Entre pinturas densamente texturizadas y propuestas abstractas, una puerta cubierta por cortinas con forma de vagina introduce un umbral simbólico: atravesar esa entrada implica aceptar una experiencia corporal y política. Dentro de ese espacio se presenta la obra en cerámica de Andrea Echeverri, de la mano de Salón Comunal (Bogotá), que participa por primera vez en las ferias de arte de la temporada en la Ciudad de México.
La práctica cerámica de Echeverri conocida por su trayectoria musical se articula en torno al cuerpo femenino, la memoria del dolor, las figuras de las plañideras y los rituales de duelo. Las piezas no buscan idealizar el cuerpo, sino devolverle su condición vulnerable, afectiva y política. En este cruce entre música, escultura y performance se hace evidente uno de los rasgos más interesantes de Salón ACME: la posibilidad de que las disciplinas se contaminen, se superponga y se expandan más allá de sus categorías tradicionales.
La dimensión territorial cobra fuerza en 2026 con Puebla como estado invitado. La exposición Huellas, voces y otras pistas, curada por Nina Fiocco, propone una lectura del paisaje material a partir de residuos, objetos específicos y materiales con carga contextual. Aquí, la materia no es neutra: es archivo, memoria y rastro. La propuesta dialoga con una sensibilidad ecológica y política que atraviesa buena parte del arte contemporáneo actual: pensar el residuo no como desecho, sino como huella de procesos sociales, económicos y culturales.
Salón ACME se concibe también como un espacio de convivencia interdisciplinaria. La presencia del proyecto gastronómico Augurio, del chef Ángel Vázquez, introduce otra forma de experiencia sensorial: el gusto y el olfato se suman al recorrido visual, recordando que el arte no se experimenta únicamente con la mirada. Los performances y la música en vivo amplían el campo de lo expositivo hacia lo efímero, reforzando la idea de que la feria es, ante todo, un acontecimiento.
Los Encuentros, mesas de diálogo que se realizan diariamente, consolidan el perfil crítico del proyecto. Temas como la confianza en el ecosistema artístico, las colaboraciones internacionales, la producción de arte situada en contextos específicos, la corporalidad y el feminismo abren un espacio para pensar el arte más allá del objeto: como red de relaciones, como práctica situada, como campo de disputa simbólica.
La inclusión de Saloncito, un programa dirigido a niñas y niños, introduce una dimensión pedagógica que rara vez ocupa un lugar central en las ferias de arte contemporáneo. Al invitar a las infancias a recorrer las obras y participar en talleres, Salón ACME amplía su noción de público y apuesta por la formación de miradas críticas desde edades tempranas. En una escena a menudo percibida como excluyente, este gesto resulta significativo: el arte contemporáneo se presenta no como un territorio hermético, sino como un espacio de exploración compartida.
Finalmente, la intervención lumínica de Julieta Gil en la Torre BBVA expande la experiencia de Salón ACME hacia el espacio urbano nocturno. La ciudad misma se convierte en soporte, recordando que la Semana del Arte no se limita a los recintos expositivos, sino que se filtra en la arquitectura, en el paisaje urbano y en los ritmos cotidianos de la metrópoli.
Salón ACME insiste en la fragilidad, el proceso y la experimentación como valores curatoriales. La frase “Todo pasa” adquiere así un sentido más profundo: no como consuelo frente a la fugacidad, sino como una invitación a pensar el arte como acontecimiento transitorio, como experiencia que deja huellas en quien la recorre. En 2026, Salón ACME no promete certezas; propone preguntas, fricciones y encuentros. En una ciudad saturada de imágenes, este proyecto recuerda que el arte contemporáneo sigue siendo un espacio para detenerse, dudar y volver a mirar.










