RELATOS MODERNOS: CUANDO LA COLECCIÓN VUELVE A CASA
LA COLECCIÓN GELMAN SANTANDER EN EL MUSEO DE ARTE MODERNO
PLÁSTICA
Revista de Arte
2/21/20264 min read


Durante casi dos décadas, la Colección Gelman uno de los acervos privados más influyentes del arte moderno mexicano permaneció físicamente ausente del territorio que la vio nacer. No se trató de una ausencia simbólica: sus imágenes siguieron circulando en libros, exposiciones internacionales y narrativas canónicas del arte del siglo XX. Sin embargo, la distancia material produce una grieta en la experiencia: una colección que habla de México, pero que no se mira desde México. La exposición Relatos modernos. Obras emblemáticas de la Colección Gelman Santander, presentada en el Museo de Arte Moderno (MAM), restituye esa experiencia sensible y propone algo más que un reencuentro: plantea una relectura contemporánea de la modernidad mexicana, observada desde el presente.
Reunida originalmente por Jacques y Natasha Gelman a partir de la década de 1940, la colección no fue concebida como un simple ejercicio de acumulación de obras maestras. Su construcción responde a una sensibilidad particular por las tensiones que atraviesan el proyecto moderno en México: la negociación entre tradición e innovación, entre lo nacional y lo cosmopolita, entre lo identitario y lo experimental. En ese sentido, la colección no solo preserva objetos artísticos; conserva una forma de mirar el siglo XX mexicano, un mapa afectivo e ideológico de su modernidad visual.
El regreso de la colección a la Ciudad de México antes de iniciar una nueva etapa de circulación internacional no es un gesto menor. Supone un acto de restitución cultural: las obras vuelven al territorio donde fueron producidas, discutidas y disputadas simbólicamente. El museo, entonces, no opera únicamente como contenedor, sino como dispositivo crítico que reactiva los sentidos históricos de estas piezas para nuevas generaciones. En un momento en que la noción de “patrimonio” se debate entre la movilidad global de las colecciones privadas y la responsabilidad pública de las instituciones, esta exhibición se inscribe en una conversación más amplia sobre circulación, acceso y memoria cultural.
La curaduría propone un recorrido que evita la lectura lineal o meramente cronológica del arte moderno mexicano. En su lugar, organiza la experiencia en cuatro núcleos temáticos que funcionan como constelaciones de sentido: Retratos. Presencias construidas; Naturaleza: entre el orden y el caos; La creación de una nación; y Lo moderno: paradojas de una nueva realidad. Cada núcleo articula una pregunta sobre el modo en que la modernidad se imagina, se representa y se problematiza en el contexto mexicano. No se trata solo de observar estilos, sino de atender los imaginarios que los sostienen.
Los retratos comisionados por los Gelman a figuras como Frida Kahlo, Rufino Tamayo, Ángel Zárraga y David Alfaro Siqueiros revelan algo más que el rostro de una época: evidencian la construcción simbólica del sujeto moderno en México. El retrato no aparece aquí como un género neutral, sino como una escena de negociación entre identidad, poder, representación y deseo. La figura humana se vuelve territorio político: se construye, se idealiza, se fragmenta o se dramatiza según los lenguajes visuales que cada artista despliega.
En el núcleo dedicado a la naturaleza, el paisaje deja de ser un fondo pasivo para convertirse en un campo de tensiones. La modernidad mexicana miró la naturaleza como promesa de orden, pero también como fuerza indómita. En estas obras, el territorio se presenta atravesado por proyectos civilizatorios, imaginarios de progreso y, al mismo tiempo, por una conciencia latente del caos, lo telúrico y lo inasimilable. La naturaleza no es solo paisaje: es una estructura simbólica desde la cual se piensa la nación.
La sección dedicada a la creación de una nación condensa uno de los grandes proyectos del arte moderno en México: la producción de imágenes para un relato nacional. Obras como Vendedora de alcatraces de Diego Rivera, lejos de leerse únicamente como escenas costumbristas, revelan la compleja síntesis entre tradición popular, lenguaje moderno y construcción ideológica de lo mexicano. La pintura se vuelve aquí una herramienta de pedagogía visual: educa la mirada sobre quiénes somos, de dónde venimos y cómo queremos ser vistos.
En diálogo con esta dimensión narrativa, las piezas de José Clemente Orozco introducen una nota de disonancia. Su autorretrato en acuarela y Salón México proponen una mirada más áspera sobre la modernidad urbana: una ciudad nocturna, ambigua, a veces sombría, donde la promesa del progreso se mezcla con la violencia simbólica y la deshumanización. Orozco tensiona el optimismo del proyecto moderno y recuerda que la modernidad también produce ruinas, desajustes y fracturas.
La presencia de Frida Kahlo atraviesa la exposición como un eje afectivo y simbólico. Sus autorretratos, lejos de funcionar únicamente como íconos de una subjetividad herida, operan como dispositivos complejos de autorrepresentación en los que se cruzan cuerpo, política, género e identidad cultural. En diálogo con las obras de Gunther Gerzso, Carlos Mérida, María Izquierdo, Jesús Reyes Ferreira y Lola Álvarez Bravo, la exposición permite leer la modernidad mexicana no como un bloque homogéneo, sino como un entramado de lenguajes, sensibilidades y posiciones estéticas diversas.
El hecho de que 27 de las 68 obras cuenten con declaratoria de Monumento Artístico subraya otra dimensión de la muestra: la de la gestión patrimonial en el presente. El registro institucional ante el CENCROPAM no es un trámite administrativo menor, sino una operación de reconocimiento público que inscribe estas piezas en un régimen de cuidado, trazabilidad y responsabilidad cultural. La exhibición no solo muestra obras; hace visible la infraestructura institucional que permite su resguardo, circulación y lectura pública.
Relatos modernos no es, entonces, una exposición celebratoria en el sentido complaciente del término. Es una invitación a releer el canon del arte moderno mexicano desde una sensibilidad contemporánea: a interrogar sus mitologías fundacionales, a reconocer sus potencias estéticas y, al mismo tiempo, a observar sus zonas de sombra. En un presente marcado por debates sobre memoria, identidad y circulación global de los patrimonios culturales, el regreso de la Colección Gelman Santander al Museo de Arte Moderno activa una pregunta fundamental: ¿qué significa hoy volver a mirar las imágenes que nos enseñaron a mirarnos como nación?






