MARTA PALAU MIS CAMINOS SON TERRESTRES
LA MATERIA COMO MEMORIA VIVA
PLÁSTICA
Revista de Arte
3/24/20265 min read


La obra de Marta Palau se despliega como un campo de fuerzas donde la materia, lejos de ser un soporte pasivo, se activa como memoria, territorio y lenguaje. Su práctica artística, desarrollada a lo largo de más de cinco décadas, articula una investigación persistente en torno a la relación entre el cuerpo, la tierra y la historia, entendidas como dimensiones inseparables de una misma experiencia vital.
Nacida en Lérida en 1934 y llegada a México en 1940 como consecuencia del exilio republicano, Palau construyó una obra profundamente atravesada por la noción de desplazamiento. Esta condición no se limita a un dato biográfico, sino que se convierte en una estructura conceptual: el desarraigo como forma de percepción del mundo, el nomadismo como principio epistemológico y la identidad como proceso en constante reconfiguración. En este sentido, su producción puede leerse como una cartografía sensible del tránsito, donde el cuerpo se constituye como primer territorio.
Formada en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda” entre 1955 y 1965, Palau inicia su trayectoria dentro de los lenguajes tradicionales de la pintura y el grabado. Sin embargo, pronto se desplaza hacia una exploración más expandida que incluye la cerámica, la escultura y la instalación. Este tránsito no responde a una simple diversificación técnica, sino a la búsqueda de un lenguaje capaz de sostener la complejidad de sus inquietudes. Será en el textil donde esta búsqueda encuentra una resonancia decisiva.
El encuentro con las tradiciones textiles en diálogo con el maestro Josep Grau-Garriga en España y con las prácticas artesanales en México transforma radicalmente su aproximación a la forma. Tejer deja de ser una operación técnica para convertirse en un gesto de pensamiento. En las tramas, en los nudos, en la densidad de las fibras, Palau reconoce una lógica distinta: una forma de abstracción que no se separa de la naturaleza, sino que se construye con ella.
Así, materiales como el yute, la lana, el algodón, la seda o las hojas de maíz se integran a su obra no sólo como elementos formales, sino como portadores de memoria. La incorporación de fibras naturales endémicas y de elementos vegetales introduce una dimensión orgánica que insiste en el origen terrestre de toda forma. En sus tapices y esculturas aéreas, la materia no representa la naturaleza: la encarna. Este gesto, fundamental en su práctica, redefine los límites entre arte y vida.
La exposición Mis caminos son terrestres (1985), presentada en el Palacio de Bellas Artes, constituye un momento clave en la articulación de su pensamiento. El título, que da nombre también a revisiones contemporáneas de su obra, funciona como una declaración de principios: una afirmación de lo terrestre no como oposición a lo espiritual, sino como su condición de posibilidad. Es en esta etapa cuando Palau reflexiona de manera más explícita sobre la relación entre arte y magia.
La noción de magia en su obra no remite a lo oculto o lo esotérico en un sentido superficial, sino a una forma de conocimiento vinculada a lo ancestral, a prácticas rituales y a cosmologías que entienden el mundo como un sistema interconectado. A partir del estudio reciente de sus cuadernos y diarios, se revela una dimensión íntima de su proceso creativo, donde la escritura y el dibujo funcionan como espacios de pensamiento en los que lo simbólico y lo histórico se entrelazan.
Para Palau, el arte opera como un dispositivo de conexión con lo humano, entendido en su sentido más amplio: naturaleza, historia, memoria colectiva. En este marco, la obra se construye a partir de tensiones fundamentales vida y muerte, eros y thanatos, fertilidad y enfermedad que no se presentan como oposiciones irreconciliables, sino como fuerzas complementarias dentro de un mismo ciclo. La tierra y el cuerpo se constituyen así como superficies de inscripción donde estas tensiones se manifiestan.
Ambos tierra y cuerpo aparecen en su obra como espacios vulnerables, atravesados por la experiencia del exilio, la enfermedad y la historia, pero también como fuentes de regeneración, fertilidad y transformación. Esta ambivalencia constituye uno de los núcleos más potentes de su práctica: la capacidad de sostener simultáneamente la herida y la posibilidad de vida.
En este contexto, la dimensión de lo femenino adquiere una centralidad particular. Palau fue una de las primeras artistas en México en abordar el cuerpo femenino desde una perspectiva que desborda la representación. Su obra no construye imágenes del cuerpo como objeto, sino que lo piensa como experiencia encarnada, como lugar de memoria, deseo y vitalidad. Esta aproximación dialoga con su interés por las cosmologías indígenas, en las que el individuo no se concibe como entidad aislada, sino como parte de un entramado relacional.
La influencia de corrientes como la teosofía también atraviesa su pensamiento. Esta filosofía, que propone el conocimiento de lo divino a través de prácticas místicas, encuentra en la obra de Palau una traducción material. En piezas como Naualli. Mano poderosa (2005), una gran estructura de ramas que adopta la forma de una mano, la artista construye un símbolo de creación y transformación. La mano recurrente en sus cuadernos, dibujos y autorretratos se afirma como metáfora del hacer, del vínculo entre el cuerpo y la materia, entre la intención y la forma.
Por su parte, series como Kachinas (2006) expanden la noción de identidad hacia lo colectivo. Las figuras que emergen en estas obras no representan sujetos individuales, sino presencias que remiten a lo comunitario, a lo ritual, a lo que excede al yo. En ellas, el cuerpo deviene naturaleza, energía en tránsito, memoria compartida.
A la luz de los debates contemporáneos, la obra de Marta Palau también permite revisar críticamente la historia del arte. El textil, tradicionalmente relegado a un ámbito considerado menor o doméstico, fue durante décadas excluido de los discursos hegemónicos. Sin embargo, para muchas artistas mujeres en distintas latitudes, este medio se convirtió en un espacio de experimentación radical. La práctica de Palau se inscribe en este contexto, evidenciando las tensiones entre producción artística y condiciones de visibilidad.
Su trabajo no sólo amplía las posibilidades formales del textil, sino que cuestiona las jerarquías que han estructurado el campo artístico. En este sentido, su obra no puede separarse de una dimensión política: una afirmación de prácticas, saberes y materiales históricamente marginalizados.
En última instancia, la obra de Marta Palau propone una forma de conocimiento sensible que se construye desde la materia. Cada fibra, cada nudo, cada fragmento vegetal contiene una historia, un territorio, una memoria. Su práctica no busca fijar significados, sino activar relaciones: entre el cuerpo y la tierra, entre lo individual y lo colectivo, entre el pasado y el presente.
Habitar su obra implica reconocer que la materia está viva, que el arte puede ser un acto de resistencia y que, en la trama de lo visible, persiste siempre la posibilidad de transformación.






