LORENA ANCONA EN EL ANAHUACALLI: CARTOGRAFÍAS DE LA TIERRA, LA MEMORIA Y EL CUERPO

OJOS COMO POZOS, BOCA COMO CUEVA PROPONE UNA ARQUEOLOGÍA SENSIBLE DE LA MATERIA

PLÁSTICA

Revista de Arte

6/23/20264 min read

En el imaginario mesoamericano, la tierra nunca ha sido un elemento pasivo. Es origen y destino, superficie y profundidad, territorio habitado por fuerzas visibles e invisibles. En Ojos como pozos, boca como cueva, la artista Lorena Ancona recupera esa dimensión viva del paisaje para construir una exposición donde la cerámica se convierte en un vehículo de memoria, una forma de pensamiento y una herramienta para explorar las conexiones entre cuerpo, territorio y herencia cultural.

Presentada en el Museo Diego Rivera Anahuacalli del 20 de junio al 6 de septiembre de 2026, la muestra reúne una nueva producción de piezas desarrolladas a partir de una investigación material y simbólica que entrelaza arqueología, cosmovisión mesoamericana, saberes artesanales y prácticas contemporáneas. Más que una serie de objetos escultóricos, la exposición se configura como un ecosistema de relaciones donde la materia adquiere una dimensión narrativa y el paisaje emerge como una extensión del cuerpo.

El título de la exposición remite a una de las imágenes más poderosas asociadas con Tlaltecuhtli, la deidad mexica vinculada a la creación de la tierra. Según el mito, tras ser fragmentado su cuerpo por las fuerzas creadoras, de sus ojos surgieron los pozos de agua, de sus cabellos los ríos y de sus bocas las cuevas. Esta visión del mundo, en la que la geografía se entiende como una corporalidad expandida, constituye uno de los ejes conceptuales de la muestra.

Lejos de utilizar el mito como mera referencia iconográfica, Ancona lo activa como una estructura de pensamiento capaz de cuestionar las divisiones modernas entre naturaleza y cultura. En sus obras, las cavidades pueden evocar simultáneamente una boca, una cueva, una semilla o una formación geológica; las superficies recuerdan pieles erosionadas por el tiempo, fragmentos arqueológicos o paisajes observados desde una distancia imposible. Cada pieza parece habitar un estado de transformación permanente, suspendida entre lo orgánico y lo mineral, entre el vestigio y la presencia.

La investigación material ocupa un lugar central dentro de la práctica de la artista. Desde hace varios años, Ancona ha desarrollado proyectos en torno a tierras locales, arcillas, pigmentos naturales y procesos cerámicos que establecen vínculos directos con los territorios de donde provienen. Esta aproximación desplaza la atención del objeto terminado hacia los procesos de extracción, transformación y cocción, entendiendo la materia como un archivo que conserva historias geológicas, culturales y afectivas.

En este sentido, las obras reunidas en Ojos como pozos, boca como cueva pueden leerse como depósitos de tiempo. Cada arcilla contiene sedimentos acumulados durante siglos; cada pigmento remite a una geografía específica; cada textura conserva las huellas de un trabajo manual que reactiva conocimientos transmitidos entre generaciones. La artista no busca reproducir formas prehispánicas ni establecer una continuidad romántica con el pasado. Su interés radica en reconocer cómo ciertos saberes materiales sobreviven y se transforman, manteniendo vigencia dentro de las prácticas artísticas contemporáneas.

La exposición adquiere una resonancia especial al presentarse en el Anahuacalli, un espacio donde arquitectura, colección y territorio conforman una experiencia inseparable. Diseñado por Diego Rivera junto con el arquitecto Juan O’Gorman como un recinto destinado a albergar una de las colecciones prehispánicas más importantes del país, el museo se levanta sobre el paisaje volcánico del Pedregal de San Ángel utilizando basalto extraído de la propia región. Más que un contenedor de objetos, el edificio funciona como una construcción simbólica que vincula modernidad, memoria prehispánica y geología.

Recorrer la exposición implica también recorrer las entrañas de esta arquitectura. Los espacios oscuros, las escalinatas monumentales, las aperturas hacia el exterior y las superficies de piedra volcánica establecen un diálogo constante con las piezas de Ancona. Las esculturas parecen surgir de la propia materia del museo, como si hubieran sido modeladas por las mismas fuerzas tectónicas que dieron forma al paisaje sobre el que se asienta el edificio.

Un punto de partida importante para el desarrollo del proyecto fue la visita de la artista a las bodegas del museo y el encuentro directo con la colección arqueológica resguardada por el Anahuacalli. A partir de esta experiencia, Ancona profundizó en distintas fuentes relacionadas con la cosmovisión mesoamericana, los estudios arqueológicos y las representaciones del paisaje en culturas antiguas. Entre estas referencias destacan las investigaciones de Laurette Séjourné, figura clave en la interpretación simbólica y espiritual de Teotihuacan durante el siglo XX.

Las huellas de estas investigaciones aparecen de manera sutil en la exposición. Particularmente relevante es la influencia de los murales teotihuacanos, donde el paisaje no se presenta como un escenario estático, sino como un organismo dinámico poblado por corrientes de agua, cuerpos diminutos, insectos, semillas y entidades híbridas. En estas representaciones, el territorio se encuentra en constante transformación, atravesado por energías que conectan lo humano con lo vegetal, lo animal y lo cósmico.

Ancona recupera esta sensibilidad para proponer una lectura contemporánea del paisaje como red de relaciones. Sus piezas no representan lugares específicos; evocan procesos. Hablan de sedimentación, erosión, crecimiento, fractura y regeneración. En ellas, la tierra deja de ser un recurso explotable para convertirse en una entidad portadora de memoria y conocimiento.

Esta dimensión resulta especialmente pertinente en el contexto actual, marcado por las discusiones en torno a la crisis ambiental, la extracción de recursos naturales y la pérdida acelerada de conocimientos vinculados con los territorios. Sin adoptar una postura explícitamente activista, la exposición invita a reconsiderar nuestra relación con la materia y con los sistemas de conocimiento que históricamente han acompañado su transformación.

Más que una mirada hacia el pasado, Ojos como pozos, boca como cueva plantea una reflexión sobre las formas en que las memorias culturales permanecen activas en el presente. La exposición propone entender la cerámica no sólo como disciplina artística, sino como una tecnología ancestral capaz de conectar tiempos, geografías y experiencias diversas.

En el Anahuacalli, donde la arquitectura parece emerger de una antigua colada de lava y donde la colección arqueológica mantiene vivo el diálogo con las culturas originarias de México, la obra de Lorena Ancona encuentra un contexto particularmente fértil. Sus esculturas ocupan el espacio como cuerpos silenciosos que recuerdan que toda geografía posee una memoria y que toda materia guarda historias aún por descifrar.

La exposición se convierte así en una invitación a mirar la tierra de otra manera: no como superficie que habitamos, sino como un cuerpo vivo del que formamos parte.

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