LILIA CARRILLO EN NUEVA YORK
LA MATERIA SENSIBLE DE LA ABSTRACCIÓN Y LA VIGENCIA DE LA GENERACIÓN DE LA RUPTURA
PLÁSTICA
Revista de Arte
5/19/20265 min read


En el panorama del arte latinoamericano del siglo XX, pocas figuras lograron construir una poética visual tan silenciosa y profundamente radical como la de Lilia Carrillo. Su obra, atravesada por una sensibilidad atmosférica y una exploración constante de la materia pictórica, regresa hoy al centro de la conversación internacional con la exposición Lilia Carrillo: Ruptures and Premonitions, presentada por Americas Society en Nueva York. La muestra, curada por Tobias Ostrander, reúne cerca de 25 pinturas realizadas entre 1961 y 1974, además de fotografías, correspondencia, publicaciones y documentos de archivo que permiten reconstruir la intensidad intelectual y emocional de una de las artistas fundamentales de la modernidad mexicana.
La exposición no sólo representa una revisión histórica; también funciona como una relectura crítica del lugar que ocupó Carrillo dentro de la llamada Generación de la Ruptura, movimiento que transformó el lenguaje artístico mexicano durante la segunda mitad del siglo XX. Frente al peso ideológico y estético del muralismo posrevolucionario, los artistas de la Ruptura propusieron una apertura hacia discursos más abstractos, subjetivos y cosmopolitas. Sin embargo, dentro de aquel grupo integrado por figuras como Manuel Felguérez, Vicente Rojo, Fernando García Ponce y Juan Soriano la presencia de Carrillo fue durante décadas menos visibilizada que la de sus contemporáneos masculinos.
La revisión impulsada actualmente por Americas Society se inscribe precisamente dentro de una política curatorial que busca recuperar trayectorias latinoamericanas históricamente subestimadas o relegadas por los relatos hegemónicos del arte moderno. La serie “Women Artists Series”, iniciada por la institución en años recientes, ha permitido reposicionar a creadoras fundamentales desde una perspectiva contemporánea, y en el caso de Carrillo el gesto adquiere una relevancia particular: su pintura anticipó sensibilidades matéricas y emocionales que hoy dialogan con preocupaciones centrales del arte contemporáneo.
Más allá de las categorías históricas, la obra de Lilia Carrillo se sostiene por la potencia de su lenguaje plástico. Sus pinturas no operan desde la representación sino desde la insinuación. Son territorios de tensión entre el gesto y el vacío, entre la densidad de la materia y la aparición de zonas etéreas. En sus lienzos, la superficie deja de ser un soporte pasivo para convertirse en un cuerpo vivo, erosionado, intervenido y vulnerable. Ostrander ha señalado que una de las claves de la exposición radica precisamente en esa idea de “ruptura”: Carrillo fractura el plano pictórico, rasga la estabilidad de la imagen y transforma la pintura en un espacio de experiencia física.
La artista incorporó texturas espesas, incisiones, manchas difuminadas y fragmentos adheridos que producen una sensación de inestabilidad constante. Hay en sus cuadros una dimensión táctil que remite tanto al informalismo europeo como al expresionismo abstracto estadounidense, corrientes con las que dialogó desde México sin perder una voz singular. Sus superficies parecen respirar; la pintura se vuelve atmósfera, sedimentación y memoria. Más que imponer una imagen, Carrillo construía estados sensibles.
Esa condición resulta particularmente evidente en obras como Premonición (1970), pieza que hoy adquiere una resonancia casi trágica dentro de la narrativa curatorial de la exposición. Ese mismo año la artista sufrió una aneurisma espinal que la dejó paralizada temporalmente. Aunque logró recuperar parcialmente la movilidad después de un largo proceso de rehabilitación, falleció en 1974 debido a complicaciones derivadas de aquel episodio médico. El término “premonición”, utilizado por Ostrander en el título de la muestra, no sólo remite a una obra específica, sino también al cambio anímico que atraviesa la producción tardía de Carrillo: una pintura que comienza a oscurecerse, a densificarse y a insinuar una fragilidad existencial cada vez más evidente.
La exposición en Nueva York también permite comprender la relación entre la evolución estética de Carrillo y las transformaciones culturales de México durante las décadas de 1960 y 1970. El optimismo modernizador de los primeros años sesenta marcado por el crecimiento urbano y el impulso cosmopolita de la Ciudad de México encuentra eco en pinturas más abiertas y luminosas. Sin embargo, conforme el clima político y social se vuelve más complejo, especialmente después de 1968, sus composiciones adquieren una tensión distinta: aparecen atmósferas más densas, referencias a residuos, contaminación y paisajes fragmentados.
En este sentido, la obra de Carrillo puede leerse también como un registro emocional de una época. Aunque su pintura nunca fue narrativa ni explícitamente política, sí absorbió las vibraciones históricas de su contexto. La abstracción en Carrillo no funciona como evasión, sino como una forma de percepción expandida. Sus cuadros condensan estados internos y al mismo tiempo reflejan un entorno cultural en transformación.
La relevancia de esta revisión internacional se amplifica además por el diálogo con la reciente exposición Lilia Carrillo: Todo es sugerente, presentada en el Museo del Palacio de Bellas Artes, donde se reunió un corpus mucho más amplio de su producción y que recibió más de 339 mil visitantes. El proyecto editorial derivado de aquella muestra un catálogo bilingüe coeditado por la Fundación Mary Street Jenkins acompaña ahora la exhibición en Nueva York, consolidando un esfuerzo institucional por reinscribir la figura de Carrillo dentro de la historia global de la abstracción.
Lo significativo es que esta relectura ocurre en un momento en que la historiografía del arte latinoamericano está siendo profundamente revisada. Las narrativas lineales de la modernidad, tradicionalmente dominadas por figuras masculinas y centros culturales europeos o estadounidenses, están dando paso a perspectivas más complejas y descentralizadas. Dentro de ese nuevo mapa, la obra de Lilia Carrillo emerge no como una nota marginal, sino como una presencia esencial para comprender las posibilidades de la abstracción en América Latina.
Su pintura, incluso hoy, mantiene una cualidad profundamente contemporánea. La manera en que manipula la superficie, la atención al accidente matérico, la relación entre vacío y gesto, así como la dimensión emocional de sus composiciones, dialogan con muchas prácticas artísticas actuales. Carrillo entendió la pintura no como representación del mundo, sino como un espacio de sensibilidad expandida, donde la materia puede convertirse en pensamiento y la abstracción en una forma íntima de percepción.
La exposición en Americas Society no sólo devuelve a Lilia Carrillo al circuito internacional; también confirma la vigencia de una obra que continúa interrogando la fragilidad de la imagen, la densidad emocional de la materia y las posibilidades poéticas de la abstracción. En un presente saturado de estímulos y narrativas inmediatas, sus pinturas conservan la rara capacidad de detener el tiempo y obligar al espectador a habitar el silencio.






