KURIMANZUTTO / CARLOS AMORALES
ANTEPARAÍSO, ENTRE LA IMAGINACIÓN HUMANA Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Revista de Arte
11/6/20266 min read


En Anteparaíso, presentada en la galería kurimanzutto, Carlos Amorales construye un territorio de especulación visual donde la imaginación, la tecnología y las relaciones de poder convergen para interrogar las formas en que concebimos la existencia. A través del dibujo, el frottage y la animación, el artista mexicano despliega un universo habitado por criaturas fantásticas, entidades extraterrestres y rostros imaginarios que desafían las categorías convencionales de identidad, naturaleza y representación. La exposición articula una reflexión sobre la producción contemporánea de imágenes y los mecanismos de dominación, al tiempo que examina las posibilidades de convivencia entre distintas formas de vida.
El título establece una correspondencia con Anteparaíso (1982), el poemario del escritor chileno Raúl Zurita, cuya escritura convierte el paisaje en un espacio de inscripción de la violencia, la memoria y la experiencia colectiva. En su obra, la geografía adquiere una dimensión corporal y política, mientras que la posibilidad de redención permanece atravesada por las heridas de la historia. Amorales recupera esta noción de un territorio anterior al paraíso para situar su propuesta en un espacio de incertidumbre, donde las estructuras que organizan la vida pueden ser cuestionadas y los límites entre lo humano y lo no humano pierden su aparente estabilidad.
Esta dimensión política encuentra uno de sus principales referentes en La guerra de los mundos (1898), de H. G. Wells. Escrita en el contexto de la expansión imperial europea, la novela invierte las posiciones históricas de la conquista al imaginar una invasión extraterrestre sobre territorio británico. Amorales retoma esta premisa para construir una narrativa protagonizada por seres con características humanas y vegetales, vinculados con el trabajo agrícola y sometidos al dominio de entidades extraterrestres. Sus cuerpos evocan una relación con la tierra marcada por la dependencia, la producción y la explotación.
Sin embargo, este universo desborda la oposición entre dominadores y dominados. Entre sus habitantes se producen encuentros, danzas, celebraciones y relaciones eróticas de las que surgen nuevas criaturas. La mezcla entre especies altera las estructuras de poder y desdibuja las fronteras de identidad. Esta proliferación permite aproximarse a la colonización como un proceso que, además de imponer jerarquías políticas y económicas, interviene en la configuración de los cuerpos y las relaciones sociales. La convivencia aparece como un territorio contradictorio, atravesado por la violencia y el deseo, pero también por la posibilidad de establecer vínculos ajenos a los órdenes conocidos.
La singularidad de estas figuras encuentra una correspondencia en los procedimientos utilizados para producirlas. Amorales incorpora herramientas de inteligencia artificial en la generación de patrones gráficos que posteriormente convierte en plantillas físicas. Sobre ellas coloca hojas de papel y, mediante la técnica del frottage, transfiere las formas utilizando crayones de cera de abeja asociados con la pedagogía antroposófica y con una concepción del color vinculada al pensamiento de Johann Wolfgang von Goethe. El resultado surge de una secuencia de operaciones en la que intervienen sistemas algorítmicos, soportes materiales y movimientos corporales. La imagen generada digitalmente adquiere presencia física a través de la fricción, la presión y la repetición del gesto.
El frottage, incorporado al lenguaje artístico moderno por Max Ernst en el contexto del surrealismo, permitió explorar las posibilidades del azar y las asociaciones involuntarias en la aparición de imágenes. En la práctica de Amorales, este procedimiento adquiere una dimensión contemporánea: la forma inicial procede de un sistema automatizado, mientras que su materialización depende de la intervención humana. La fricción introduce variaciones, accidentes y cualidades táctiles que modifican la apariencia de las figuras.
Esta operación se inscribe en una investigación persistente dentro de la trayectoria de Amorales: la circulación de las imágenes entre distintos lenguajes, medios y sistemas de codificación. Sus exploraciones sobre los alfabetos visuales, la animación y la construcción de signos encuentran aquí una nueva articulación frente a las tecnologías generativas. La autoría deja de concentrarse exclusivamente en el origen de la imagen y se manifiesta en las decisiones e intervenciones que determinan su apariencia y significado.
La reflexión sobre los sistemas de representación adquiere otra dimensión en This Person Does Not Exist, una serie de retratos que toma su título del sitio web capaz de generar rostros fotorrealistas de individuos inexistentes mediante inteligencia artificial. Amorales invierte la lógica de este procedimiento al producir, exclusivamente desde la imaginación y el dibujo manual, una colección de personajes ficticios. Frente a la verosimilitud estadística de los rostros sintéticos, el artista recurre a la exageración de los rasgos, la expresividad del gesto y la singularidad de las facciones. Cada dibujo sugiere una identidad posible, una subjetividad que parece existir más allá de su condición imaginaria.
La serie introduce una tensión entre semejanza e identidad. Los sistemas digitales construyen rostros plausibles a partir de patrones aprendidos de grandes conjuntos de imágenes, mientras que Amorales recurre a la capacidad del dibujo para producir diferencias y expresiones que resisten una clasificación inmediata. Estos personajes revelan tanto nuestra disposición a atribuir personalidad a un rostro como la fragilidad de los criterios mediante los cuales creemos reconocer a los otros.
La disposición de los retratos en el espacio expositivo modifica, además, la relación habitual entre imagen y espectador. Los personajes parecen devolver la mirada a quienes los observan, generando una experiencia de reciprocidad e inquietud. Esta inversión remite a las estructuras de vigilancia asociadas con el panóptico de Jeremy Bentham y con las reflexiones de Michel Foucault sobre los mecanismos disciplinarios. Amorales activa una tensión entre observar y ser observado que adquiere especial resonancia en un contexto donde los sistemas de reconocimiento facial y clasificación algorítmica intervienen en la identificación de las personas. El rostro aparece vinculado con la construcción de subjetividad, pero también con las tecnologías que administran su visibilidad.
El recorrido encuentra una prolongación en Paraíso, el tríptico animado presentado en el Project Room de kurimanzutto. Las criaturas de los frottages de la sala principal reaparecen mediante herramientas de animación con inteligencia artificial. Sus movimientos componen una coreografía de labores agrícolas inspirada en el Butoh, práctica escénica japonesa que explora la intensidad expresiva del cuerpo a través de la lentitud, la contención y las variaciones mínimas del gesto. La animación introduce una temporalidad suspendida, en la que el trabajo y la repetición adquieren una cualidad ritual.
La estructura tripartita establece un diálogo iconográfico con El jardín de las delicias, de Hieronymus Bosch, El Bosco, cuya composición reúne criaturas fantásticas, cuerpos extraordinarios y escenas de deseo en un paisaje de gran densidad simbólica. Ambas propuestas recurren a la invención de mundos para examinar las tensiones de la experiencia humana. En la pintura de El Bosco, la proliferación de cuerpos y situaciones articula una compleja reflexión moral y espiritual. En Amorales, esa imaginación de lo monstruoso y lo maravilloso se desplaza hacia las relaciones contemporáneas entre explotación, sexualidad, tecnología y coexistencia.
La composición ambiental de Daniela Huerta acompaña esta secuencia de movimientos lentos y contribuye a construir una atmósfera de contemplación y extrañamiento. La relación entre imagen, sonido y duración modifica la experiencia de las figuras, que abandonan la inmovilidad del dibujo para adquirir una presencia temporal. Su desplazamiento entre medios completa un proceso circular: las formas originadas mediante sistemas algorítmicos pasan por la intervención manual del frottage y regresan al entorno digital como cuerpos animados.
Las referencias literarias, artísticas y filosóficas que atraviesan Anteparaíso conforman una constelación que amplía su lectura. La ciencia ficción de Wells aporta una estructura narrativa para pensar la violencia colonial y la inversión del poder; la poesía de Zurita introduce una dimensión territorial y existencial vinculada con la memoria; la iconografía de El Bosco ofrece un antecedente para la imaginación de mundos extraordinarios; y las reflexiones sobre la vigilancia permiten examinar las implicaciones políticas de la mirada. Estas correspondencias convergen en una práctica artística interesada en los sistemas que producen y organizan nuestra percepción de la realidad.
En este contexto, la inteligencia artificial adquiere una relevancia que excede su condición instrumental. Su presencia permite interrogar las relaciones entre imaginación y automatización, entre repetición y diferencia, así como los criterios mediante los cuales las imágenes son producidas, reconocidas y clasificadas. Amorales sitúa estas preguntas dentro de una experiencia material donde el dibujo conserva una función decisiva. La textura de los crayones, la resistencia del papel y las huellas del gesto hacen visible la participación del cuerpo en un proceso que suele asociarse con la inmaterialidad tecnológica.
Anteparaíso propone, finalmente, una reflexión sobre la capacidad de la imaginación artística para examinar las contradicciones del presente. Sus criaturas fantásticas, sus rostros ficticios y sus paisajes animados conforman un mundo donde las relaciones entre naturaleza, artificio y humanidad permanecen abiertas a nuevas interpretaciones. El paraíso adquiere una condición ambivalente: representa una aspiración de convivencia y, al mismo tiempo, un territorio atravesado por las tensiones inherentes a toda organización social. En esa incertidumbre reside una de las propuestas centrales de la exposición: utilizar las imágenes para cuestionar los sistemas que estructuran nuestra experiencia y ensayar otras maneras de comprender nuestra relación con la tecnología, el poder y las distintas formas de existencia.






