HABITAR LA EMOCIÓN
ARTURO ARELLANO EN BOSQUES
PERFILES
Revista de Arte
4/13/20264 min read


En un momento marcado por la velocidad, la dispersión y el consumo fragmentado de imágenes, el teatro sigue siendo uno de los pocos espacios donde la experiencia exige presencia total. Bosques, parte de la tetralogía La sangre de las promesas del dramaturgo Wajdi Mouawad, regresa a escena en la Ciudad de México con una propuesta que atraviesa la memoria, la guerra, la identidad y la herencia emocional de generaciones.
En este reestreno, el actor Arturo Arellano asume el reto de encarnar dos personajes dentro de una misma obra, en un montaje dirigido por Diego del Río y Cristian Magaloni. La pieza de más de tres horas de duración no solo plantea una exigencia física y emocional para el elenco, sino también una invitación radical al espectador: permanecer, escuchar, sentir.
La vigencia de Mouawad: una dramaturgia que atraviesa
Para Arellano, la obra de Mouawad ocupa un lugar singular dentro del panorama contemporáneo. Su escritura no se limita a lo narrativo ni a lo político; se instala en una zona más profunda: la del reconocimiento personal.
Lejos de concebirse como una pieza histórica, Bosques se despliega como un territorio emocional donde el tiempo se vuelve poroso. Las guerras del siglo XX la Primera y Segunda Guerra Mundial funcionan como telón de fondo, pero no como anclaje exclusivo. Lo que emerge es una continuidad: las mismas preguntas, los mismos impulsos, las mismas tensiones humanas que siguen vigentes hoy.
En ese sentido, Mouawad construye personajes que no pertenecen únicamente a su contexto, sino que pueden habitar cualquier época. La búsqueda de identidad, el deseo de pertenencia, la necesidad de comprender el origen: todo ello se articula como una experiencia compartida, profundamente humana.
Dos personajes, una misma línea emocional
Uno de los mayores desafíos para Arellano es la interpretación de dos personajes situados en distintos momentos narrativos. Por un lado, un personaje contemporáneo, cercano a la protagonista; por otro, una figura que remite al origen de la historia.
Este desdoblamiento no es únicamente técnico. Implica una reorganización emocional completa. La obra está estructurada en dos grandes bloques: el presente y el pasado. Entre ambos, una pausa mínima apenas unos minutos obliga al actor a realizar un tránsito radical.
Más que un cambio de personaje se trata de una transformación de registro: nuevas emociones, otra corporalidad, otro ritmo interno. El reto no es solo sostener la intensidad, sino modularla con precisión.
La emoción como territorio: técnica y apertura
Frente a esta exigencia, Arellano recurre a un principio fundamental: la relajación como puerta de entrada a la emoción. En lugar de forzar el resultado, el trabajo consiste en habilitar un estado de apertura.
Desde esta perspectiva, la emoción no se “produce”, sino que se habita. La respiración, la escucha y la disposición corporal permiten que el actor acceda a un estado donde la experiencia escénica ocurre con mayor organicidad.
Este enfoque se opone a una idea mecanizada de la actuación. Cuando la emoción se busca de forma inmediata o ansiosa, se genera una tensión que bloquea el proceso. En cambio, al relajar el cuerpo y la mente, se abre un canal más auténtico de conexión.
Vulnerabilidad: el núcleo del trabajo actoral
Uno de los ejes más relevantes en la reflexión de Arellano es la vulnerabilidad. Lejos de concebirla como debilidad, la plantea como condición indispensable para el trabajo escénico.
La vulnerabilidad permite escuchar al otro, reaccionar, habitar el presente. Es el punto de encuentro entre los actores en escena y, al mismo tiempo, el puente hacia el espectador.
En un contexto cotidiano donde las emociones suelen reprimirse o acelerarse, el teatro propone lo contrario: detenerse y sentir. Esta apertura emocional no solo construye la escena, sino que hace posible la comunicación real con el público.
Dirección y colectivo: una arquitectura emocional
El montaje reúne a un elenco de 19 actores, lo que convierte la obra en una experiencia colectiva de gran escala. Bajo la dirección de Diego del Río y Cristian Magaloni, el trabajo escénico se construye como una arquitectura de energías.
Para Arellano, los directores operan como articuladores de un sistema complejo: ordenan, tensan y equilibran las distintas presencias en escena. Más que imponer, conducen a los actores hacia territorios emocionales inesperados, partiendo siempre de materiales personales y reconocibles.
El resultado es una puesta que se sostiene tanto en la precisión como en la intensidad, donde cada actor funciona como pieza de un entramado mayor.
El teatro frente a la inmediatez
En una época dominada por la rapidez redes sociales, estímulos constantes, consumo fragmentado, Bosques propone una experiencia radicalmente distinta.
La duración misma de la obra (tres horas y veinte minutos) se convierte en un gesto político. No busca competir con la velocidad contemporánea, sino suspenderla.
Para Arellano, esta necesidad de inmediatez responde, en parte, a una dificultad más profunda: la incapacidad de sostener la atención y el vínculo. Frente a ello, el teatro ofrece una posibilidad distinta: la conexión.
Bosques no solo exige concentración intelectual, sino también apertura emocional. La obra interpela al espectador desde múltiples niveles narrativo, sensorial, afectivo y lo mantiene dentro de su universo.
Una experiencia que transforma
Más que transmitir un mensaje unívoco, la obra se presenta como un dispositivo de resonancia. Cada espectador encontrará algo distinto: una memoria, una emoción, una pregunta.
La multiplicidad de personajes y líneas narrativas permite múltiples identificaciones. Desde la infancia hasta la adultez, desde la figura paterna hasta la genealogía más lejana, Bosques construye un espacio donde cada quien puede reconocerse.
Lo que permanece, al final, es una sensación: haber sido atravesado por algo. Una energía que no se traduce inmediatamente en palabras, pero que impulsa la reflexión.
El teatro como encuentro
En última instancia, Bosques se configura como una experiencia de encuentro. Entre actores, entre personajes, entre espectadores.
En un espacio cerrado, durante varias horas, 19 actores y un público comparten una misma vibración. En ese tiempo suspendido, algo ocurre: una conexión que escapa a la lógica de lo inmediato.
Quizá ahí reside la potencia del teatro hoy: en su capacidad de devolvernos al presente, de recordarnos que sentir profundamente sigue siendo una forma de conocimiento.





