FUTUROS ARCAICOS

COSMOLOGÍAS DEL PORVENIR Y EL RETORNO DE LO PRIMORDIAL

PLÁSTICA

Revista de Arte

5/12/20264 min read

En un presente dominado por la aceleración tecnológica, la inteligencia artificial y las narrativas distópicas de la ciencia ficción, la exposición Futuros Arcaicos propone un desplazamiento conceptual radical: imaginar el futuro no desde la promesa de lo nuevo, sino desde la persistencia de lo ancestral. La muestra, presentada en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo a partir de la colección de la Fundación Olga y Rufino Tamayo, reúne un conjunto excepcional de artistas modernos y contemporáneos cuya obra encuentra en lo mítico, lo telúrico y lo espiritual una vía para pensar temporalidades no lineales.

La curaduría de Andrea Torreblanca, con asistencia curatorial de Lorenza Herrasti, articula una constelación de obras donde el futuro no aparece como progreso técnico, sino como repetición simbólica, retorno ritual y supervivencia de arquetipos universales. En esta exposición, lo arcaico deja de ser entendido como vestigio del pasado para convertirse en una forma de conocimiento capaz de proyectar otros horizontes posibles.

Lejos de los imaginarios futuristas asociados a las máquinas, las megaurbes o los sistemas digitales, Futuros Arcaicos sitúa el origen del porvenir en aquello que precede a la historia moderna: la piedra, el cosmos, el rito, el cuerpo, la materia y el símbolo. El recorrido propone que las formas esenciales del arte el círculo, la grieta, el tótem, la máscara, la constelación, el vacío continúan operando como estructuras profundas de sentido capaces de atravesar épocas y culturas.

En este contexto, las esculturas de Henry Moore y Barbara Hepworth adquieren una dimensión casi megalítica. Sus volúmenes orgánicos remiten tanto a cuerpos humanos como a formaciones geológicas o monumentos ceremoniales. En ellas, la modernidad escultórica se reconcilia con una sensibilidad prehistórica donde la materia conserva una memoria espiritual. Algo similar ocurre con las piezas de Isamu Noguchi, cuya síntesis entre abstracción y tradición japonesa convierte la piedra en una presencia meditativa y cósmica.

La exposición también pone en diálogo las búsquedas espirituales de la abstracción de posguerra. Las superficies densas y silenciosas de Mark Rothko, así como la negrura lumínica de Pierre Soulages, operan como campos de contemplación donde la pintura trasciende la representación y se aproxima a una experiencia ritual. En ellos, el color y la oscuridad funcionan como espacios de tránsito metafísico, recordando que la abstracción moderna estuvo profundamente vinculada a preguntas espirituales y existenciales.

Por otro lado, artistas como Roberto Matta y Wolfgang Paalen introducen una dimensión cosmológica y surrealista que resulta fundamental para comprender el núcleo conceptual de la muestra. Ambos imaginaron universos psíquicos y espaciales donde ciencia, mito y energía se entrelazan. En sus obras, el cosmos no es únicamente un espacio astronómico, sino una extensión de la conciencia y del inconsciente colectivo. Estas visiones anticipan preocupaciones contemporáneas relacionadas con la ecología, la percepción expandida y la interconexión entre humanidad y universo.

El pensamiento escultórico y arquitectónico de Mathias Goeritz aparece como uno de los ejes espirituales de la exposición. Su concepción de la “arquitectura emocional” resuena profundamente con la idea de un futuro sustentado en experiencias simbólicas más que funcionales. En diálogo con Eduardo Chillida y Arnaldo Pomodoro, la obra de Goeritz plantea una relación casi sagrada entre espacio, vacío y materia, donde la geometría se transforma en una herramienta de contemplación.

Resulta especialmente significativa la presencia de artistas latinoamericanos como Fernando de Szyszlo, Gabriel Orozco, Damián Ortega e Irma Palacios, cuyas prácticas dialogan con materiales, sistemas y cosmologías vinculadas al territorio. En estas obras, la noción de futuro emerge desde lo terrestre y lo ritual, no desde la desmaterialización digital. La materia conserva un peso simbólico: piedras, fragmentos, texturas y estructuras remiten a una memoria ancestral que sigue activa dentro de la contemporaneidad.

En el caso de Joan Miró y Adolph Gottlieb, los signos pictóricos parecen recuperar alfabetos primigenios. Sus símbolos flotantes, astros y grafismos evocan lenguajes arcaicos capaces de comunicar dimensiones universales más allá de la palabra. El gesto pictórico se convierte así en escritura cósmica.

Uno de los mayores logros curatoriales de Futuros Arcaicos consiste en evitar una lectura nostálgica de lo antiguo. La exposición no romantiza el pasado ni plantea un retorno conservador a tradiciones perdidas. Por el contrario, propone entender lo arcaico como una fuerza activa y contemporánea. Lo ancestral aparece aquí como una tecnología simbólica de resistencia frente a la hiperaceleración del presente.

En tiempos marcados por la crisis climática, la fragmentación digital y el agotamiento de los relatos modernos de progreso, la exposición sugiere que quizás el futuro no se encuentre en la conquista de lo desconocido, sino en la recuperación de formas esenciales de relación con el mundo: el ritual, la contemplación, la conexión cósmica y la conciencia material de la existencia.

La reunión de figuras históricas como Antoni Tàpies, Joan Mitchell, Louise Nevelson y Mark Tobey junto con artistas contemporáneos como Melanie Smith, Alexandre Estrela o Wolfgang Tillmans permite entender cómo ciertas preguntas fundamentales atraviesan generaciones enteras de artistas: ¿cómo representar aquello que excede al ser humano?, ¿cómo traducir visualmente la energía, el tiempo o lo sagrado?, ¿cómo imaginar futuros posibles desde las ruinas del presente?

Más que una exposición sobre el pasado, Futuros Arcaicos es una meditación sobre las persistencias. Sobre aquello que vuelve. Sobre las imágenes que sobreviven a las épocas porque contienen preguntas esenciales. En este sentido, la muestra revela que el arte moderno y contemporáneo nunca abandonó del todo la dimensión ritual y metafísica que acompañó a las primeras manifestaciones simbólicas de la humanidad.

El futuro, parece decir esta exposición, no siempre avanza hacia adelante. A veces gira en círculos. A veces emerge desde las profundidades de la memoria colectiva. A veces habita, silenciosamente, en las piedras antiguas, en los signos cósmicos y en las formas elementales que continúan acompañando nuestra necesidad de comprender el mundo.