ENTRAÑAS

GEOGRAFÍAS BAJO LA PIEL

PLÁSTICA

Revista de Arte

8/15/20267 min read

Entrañas, la exposición conjunta de Erik Tlaseca (Ciudad de México, 1989) y Wynnie Mynerva (Lima, 1993), parte de una pregunta que atraviesa buena parte de las investigaciones contemporáneas en torno al cuerpo: ¿dónde termina realmente nuestra piel y dónde comienza aquello que llamamos exterior? Lejos de entender el cuerpo como una entidad individual, autónoma y cerrada, los artistas lo presentan como un territorio permeable, atravesado por el deseo, la memoria, la violencia, los afectos y las relaciones que establecemos con otros.

La exposición surge de la complicidad desarrollada entre Tlaseca y Mynerva después de coincidir como artistas residentes de la Rijksakademie, en Ámsterdam, en 2024. A partir de aquel encuentro comenzó una conversación entre dos prácticas que, desde lenguajes propios, comparten un interés por la piel como superficie sensible y política, pero también por todo aquello que sucede debajo de ella. Esa afinidad encuentra ahora una forma conjunta en Entrañas, concebida y producida íntegramente en Ciudad de México durante los dos meses previos a su presentación.

Más que reunir el trabajo de dos artistas, la muestra construye un organismo común. Las piezas parecen crecer unas dentro de otras y extenderse por el espacio hasta volver difícil determinar dónde termina una y comienza la siguiente. Una instalación central realizada con tela, pigmento, metal y otros materiales convive con pinturas de gran formato para configurar una suerte de anatomía expandida, a medio camino entre cuerpo, paisaje y arquitectura.

La sensación es profundamente física. Hay superficies que parecen pieles, volúmenes que recuerdan órganos, pliegues que sugieren cavidades y pigmentos que evocan fluidos corporales. Sin embargo, nada termina de adquirir una identidad anatómica precisa. Las formas permanecen abiertas y ambiguas: aquello que en un primer momento parece carne puede convertirse, unos segundos después, en una montaña, una corteza, un suelo erosionado o una formación geológica.

En esa ambigüedad reside buena parte de la fuerza de Entrañas. Tlaseca y Mynerva no buscan representar el interior del cuerpo desde una perspectiva médica o anatómica, sino imaginarlo como un paisaje. Bajo la dermis aparece un territorio desconocido, formado por estratos, accidentes, fluidos y cicatrices. El cuerpo y la tierra comienzan así a compartir una misma gramática visual: ambos poseen capas, fracturas y superficies; ambos guardan rastros de aquello que ha sucedido sobre ellos.

La exposición propone, en este sentido, una particular geología de la experiencia. Al igual que un territorio acumula sedimentos, el cuerpo conserva las huellas del tiempo. Cada contacto, cada herida, cada experiencia de placer o violencia deposita una nueva capa. Algunas permanecen visibles y otras quedan ocultas, pero ninguna desaparece por completo. La carne se convierte entonces en una especie de archivo donde las experiencias individuales se mezclan inevitablemente con las colectivas.

Esta idea permite comprender uno de los planteamientos centrales del proyecto: el cuestionamiento de la noción moderna del cuerpo como una unidad autosuficiente. Entrañas propone exactamente lo contrario. El cuerpo nunca está completamente aislado. Desde que nacemos dependemos de otros cuerpos; somos tocados, alimentados, deseados, cuidados, heridos y transformados por ellos. Incluso aquello que consideramos íntimo está atravesado por normas sociales, relaciones afectivas, estructuras políticas y memorias compartidas.

La piel, por tanto, deja de funcionar únicamente como una frontera. Se convierte en un umbral, una superficie que protege y separa, pero que al mismo tiempo permite tocar, sentir y entrar en contacto con el mundo. Es precisamente esta condición contradictoria la que Tlaseca y Mynerva llevan al espacio expositivo.

La instalación central refuerza esta sensación. Su estructura posee algo de organismo y algo de arquitectura. Los materiales blandos conviven con elementos rígidos; la tela se enfrenta al metal como la piel podría hacerlo con un esqueleto. Sin embargo, la materia parece resistirse constantemente a cualquier intento de contención. Se acumula, se pliega y se desborda, como si el cuerpo imaginado por los artistas estuviera creciendo más allá de sus propios límites.

La escala resulta fundamental. Las pinturas abandonan la condición de imágenes que pueden observarse cómodamente a distancia y adquieren una presencia física que obliga al espectador a relacionarse con ellas desde su propio cuerpo. Frente a estas superficies, la mirada encuentra pocos puntos de referencia. No hay una figura humana reconocible ni una anatomía que permita organizar fácilmente lo que vemos. El espectador debe recorrer las formas, acercarse y alejarse, reconocer texturas y aceptar que muchas de ellas permanecerán indeterminadas.

Esa incertidumbre produce una experiencia que oscila entre la atracción y la incomodidad. Entrañas es una exposición sensual, pero su sensualidad no depende de una representación idealizada del cuerpo. El erotismo aparece en la materia misma: en la humedad sugerida por los pigmentos, en los pliegues, las aberturas, el contacto entre superficies y la sensación de encontrarnos frente a algo simultáneamente vivo y extraño.

Tlaseca y Mynerva desplazan así el erotismo hacia zonas que habitualmente permanecen fuera de la representación convencional del deseo. El cuerpo que aparece en Entrañas no es limpio ni perfecto. Es un cuerpo que transpira, sangra, cicatriza, desea y cambia. Sus cavidades y fluidos forman parte de una sensualidad que acepta la vulnerabilidad y el exceso como condiciones inseparables de la experiencia corporal.

Hay también algo ritual en esta aproximación. Las formas pueden recordar restos de una ceremonia, membranas utilizadas en algún proceso de transformación o fragmentos de un organismo cuya función desconocemos. Esa cualidad introduce una dimensión espectral: las obras parecen conservar la memoria de algo que ocurrió antes de nuestra llegada. Un contacto, una fricción, un acto de placer o quizá una herida han dejado rastros sobre las superficies.

El cuerpo aparece entonces como un lugar donde las experiencias permanecen inscritas. La cicatriz es probablemente la imagen más evidente de esa capacidad de la piel para recordar, pero Entrañas amplía esa idea hacia el conjunto del organismo. Todo cuerpo contiene historias que no siempre pueden verse. Algunas pertenecen a la experiencia personal y otras a estructuras mucho más amplias: la familia, el género, la sexualidad, las relaciones de poder o las formas en que una sociedad determina qué cuerpos pueden ser visibles y de qué manera.

Dentro de esta reflexión, la herida adquiere una importancia particular. Una herida rompe la continuidad de la piel y vuelve visible aquello que debería permanecer dentro. Es una señal de vulnerabilidad, pero también una apertura. A través de ella se desestabiliza la separación entre interior y exterior que organiza nuestra idea del individuo.

La exposición permite pensar esa apertura más allá del daño. El cuerpo humano está constituido por cavidades y umbrales. Respiramos, comemos, hablamos, sentimos y deseamos precisamente porque somos organismos abiertos. La vida depende de nuestra capacidad para intercambiar continuamente materia, afectos y experiencias con aquello que nos rodea. Desde esta perspectiva, la vulnerabilidad deja de aparecer únicamente como fragilidad para convertirse también en una condición esencial de nuestra relación con los demás.

La correspondencia entre cuerpo y paisaje amplía todavía más esta lectura. Las formas de Tlaseca y Mynerva pueden evocar órganos, pero también cortezas, suelos y montañas. La superficie terrestre comienza a parecerse a una piel: puede erosionarse, abrirse, perforarse y conservar cicatrices. Debajo de ella existen otras capas, del mismo modo que bajo la dermis encontramos tejidos, fluidos y órganos.

Esta relación introduce una dimensión política particularmente sugerente. Tanto los cuerpos como los territorios han sido históricamente sometidos a procesos de control, explotación y apropiación. Ambos pueden ser convertidos en superficies sobre las que se ejercen distintas formas de poder. Al aproximarlos visualmente, los artistas permiten imaginar continuidades entre la experiencia corporal y nuestra relación con el entorno, sin necesidad de establecer equivalencias literales.

También la colaboración entre ambos artistas puede leerse desde esta voluntad de desdibujar fronteras. Entrañas no funciona como la presentación paralela de dos producciones individuales. La exposición busca un territorio compartido en el que las prácticas de Tlaseca y Mynerva se afectan y transforman mutuamente. La autoría misma parece volverse porosa.

Esta forma de trabajar resulta especialmente coherente con el planteamiento conceptual de la muestra. Si el cuerpo no puede comprenderse como una entidad completamente independiente de los demás, tampoco la creación tiene necesariamente que responder a la figura del artista aislado. La colaboración se convierte aquí en una metodología: dos lenguajes se encuentran, se contaminan y producen algo que no pertenece por completo a ninguno de ellos.

De esta manera, Entrañas se construye alrededor de una serie de zonas intermedias: entre pintura e instalación, entre cuerpo y arquitectura, entre anatomía y paisaje, entre placer e inquietud, entre lo individual y lo colectivo. La exposición evita resolver estas tensiones y prefiere mantenerlas abiertas.

Incluso el título contiene esa ambivalencia. Las entrañas son aquello que llevamos dentro, lo que normalmente permanece protegido de la mirada. Pero la palabra también designa una dimensión profunda de la experiencia. Sentimos “en las entrañas” aquello que nos afecta antes de que podamos explicarlo racionalmente. Mostrar las entrañas significa, de algún modo, revelar lo más íntimo y quedar expuesto.

La curaduría de Miguel A. López y Abril Castro Prieto acompaña esta investigación articulando un espacio que no busca únicamente mostrar objetos, sino producir una experiencia corporal. La relación entre pinturas, materiales y arquitectura convierte el recorrido en una aproximación progresiva a ese organismo imaginado por los artistas. Más que contemplarlo desde fuera, el espectador parece internarse en él.

Ahí se encuentra quizá una de las claves más poderosas de Entrañas. La exposición nos enfrenta con aquello que normalmente preferimos mantener bajo la superficie. Nos recuerda que debajo de la identidad, de la ropa y de la apariencia controlada del cuerpo existe una materia vulnerable, húmeda y cambiante. Pero también que esa materia no nos pertenece de manera completamente individual: está hecha de relaciones, recuerdos y contactos con otros.

Tlaseca y Mynerva convierten la piel en un punto de partida para hablar de algo mucho más amplio. El cuerpo aparece como territorio y el territorio como organismo; la pintura se expande hacia la arquitectura y la herida puede transformarse en entrada. Todo parece comunicar con algo más.

Entrañas no propone descubrir qué existe exactamente debajo de la piel, sino cuestionar la seguridad con la que creemos conocer sus límites. Al hacerlo, nos sitúa frente a un cuerpo expandido, múltiple y colectivo, un cuerpo que no termina en sí mismo y que encuentra precisamente en su capacidad de abrirse, tocar y ser transformado por otros una de sus condiciones más profundamente humanas.

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