ARTURO ARELLANO EN ESTÚPIDA HISTORIA DE AMOR EN WINNIPEG

AMAR SIN PERDERSE EN EL OTRO

ESCENICAS

9/29/20267 min read

Hay historias de amor que se construyen desde la certeza y otras desde el impulso. Algunas parecen ofrecer un territorio seguro; otras obligan a abandonar lo conocido y comenzar de nuevo. Entre esos extremos se mueve Estúpida historia de amor en Winnipeg, obra de Carlos Talancón que regresa a los escenarios de la Ciudad de México con Arturo Arellano como uno de sus protagonistas. En conversación con Revista de Arte, el actor habla de un montaje que, bajo la apariencia de una historia amorosa cercana y por momentos divertida, termina interrogando asuntos mucho más complejos: la identidad, la idealización de la pareja, las decisiones que tomamos en nombre del amor y, sobre todo, el límite que separa amar a alguien de abandonarse a uno mismo.

Arellano recuerda que uno de los primeros elementos que lo atrajeron del proyecto fue precisamente la escritura de Talancón. El encuentro con el texto despertó una curiosidad que pronto se convirtió en entusiasmo. Conforme avanzaron las lecturas y comenzó a reunirse el equipo creativo, descubrió una obra cuya aparente sencillez escondía múltiples capas. La sensación se confirmó desde la primera lectura colectiva: había una historia que merecía volver a contarse y, sobre todo, que encontraba en 2026 un contexto desde el cual adquirir nuevas resonancias.

Estúpida historia de amor en Winnipeg parte del encuentro entre Juan e Irving, dos personajes que parecen observar la vida desde extremos opuestos. Irving pertenece al territorio de la estructura: necesita entender, anticipar, organizar y mantener cierto control sobre aquello que sucede a su alrededor. Juan, en cambio, responde al impulso, a la emoción y a una manera más intempestiva de enfrentarse a las decisiones. Cuando ambos se conocen en la Ciudad de México y comienzan una relación, la posibilidad de trasladarse a Winnipeg, Canadá, abre ante ellos la promesa de empezar de nuevo.

Pero cambiar de geografía no significa necesariamente desprenderse de aquello que cada uno lleva consigo. Es ahí donde la obra comienza a desplazarse de la comedia romántica hacia una reflexión sobre la manera en que construimos nuestra identidad dentro de una relación. Para Arellano, uno de los aspectos más interesantes del texto es precisamente esa confrontación entre lo que creemos ser, lo que deseamos ser para alguien más y aquello que finalmente descubrimos acerca de nosotros mismos.

El amor aparece entonces no únicamente como refugio o experiencia idealizada, sino como un espacio capaz de revelar contradicciones. En ocasiones, señala el actor, el deseo de pertenecer a una relación, conservarla o responder a la imagen que hemos construido de ella puede llevarnos a modificar aspectos esenciales de nosotros mismos. El problema comienza cuando esa adaptación se transforma en abandono.

Esta idea atraviesa buena parte de la lectura que Arellano hace de la obra y también su propia aproximación a Irving. La pregunta que permanece detrás del montaje ¿hasta dónde llegarías por la persona que amas? adquiere para él una respuesta íntima y contundente: hasta el punto en que el amor no implique perderse a uno mismo.

La afirmación parece sencilla, pero el montaje se ocupa precisamente de explorar todas las zonas ambiguas que existen antes de llegar a ese límite. Porque las relaciones no se construyen únicamente desde grandes decisiones, sino desde pequeñas renuncias, expectativas, miedos, silencios y transformaciones cotidianas. ¿Cuántas veces cambiamos para evitar una ruptura? ¿Cuántas aceptamos situaciones para no sentirnos solos? ¿Cuánto de aquello que llamamos amor responde realmente al conocimiento del otro y cuánto pertenece a nuestra necesidad de estar enamorados?

Desde esa perspectiva, interpretar a Irving ha significado para Arellano algo más que construir un personaje. El actor reconoce que determinados pasajes del texto lo han llevado a mirar experiencias personales, especialmente aquellas relacionadas con la adolescencia y el comienzo de la vida adulta. El reto consiste en permitir que esa memoria alimente el trabajo sin confundir la biografía del intérprete con la del personaje. La técnica actoral se convierte así en una frontera: Arturo puede reconocer una emoción propia dentro de Irving, pero debe devolverla al escenario desde la lógica y la inocencia particular de ese hombre, no desde todo aquello que el propio actor ya ha vivido y aprendido.

Ese ejercicio de distancia y reconocimiento es una de las paradojas esenciales de la actuación. La ficción permite regresar a determinadas experiencias sin repetirlas exactamente; observar desde otro lugar aquello que alguna vez pareció definitivo y preguntarse qué habría sucedido si las decisiones hubieran sido distintas.

La obra extiende esas preguntas más allá de la pareja. La relación entre Juan y su madre introduce otro territorio: el de las expectativas familiares y la dificultad de aceptar que la vida de los hijos no necesariamente seguirá el camino imaginado para ellos. La sexualidad, la salida del clóset, el acompañamiento familiar y la posibilidad de desprenderse de las expectativas propias para reconocer la autonomía del otro aparecen dentro de una trama que evita convertirlos en asuntos aislados y los integra a la experiencia cotidiana de los personajes.

Ahí reside también una de las razones por las cuales el texto conserva vigencia. Escrito en el año 2000, llega nuevamente al escenario veintiséis años después. Para Arellano, la distancia temporal permite reconocer cuánto se ha transformado la conversación social y cultural, pero también cuánto permanece pendiente. Los códigos han cambiado, existen nuevas formas de nombrar las identidades y las relaciones y se han conquistado espacios de representación; sin embargo, muchas de las tensiones emocionales, familiares y sociales planteadas por la obra continúan presentes.

Particularmente significativa resulta su lectura desde la comunidad LGBT+, pues el vínculo amoroso entre dos hombres permite abordar cuestiones que van más allá de la representación de una pareja: identidad, responsabilidad afectiva, familia, sexualidad, pertenencia y construcción de una vida compartida. Sin convertir esa dimensión en el único centro del relato, la obra encuentra allí una de sus capas contemporáneas más relevantes.

La profundidad temática, sin embargo, no convierte al montaje en una experiencia solemne. Todo lo contrario. Uno de los atributos que Arellano encuentra en la dramaturgia de Talancón es su capacidad para moverse entre registros aparentemente contradictorios. Lo absurdo convive con la ternura; la risa puede preceder a una discusión; una situación cotidiana puede desembocar inesperadamente en nostalgia, ira o vulnerabilidad. Para el actor, esa combinación no necesita ser impuesta desde la interpretación porque ya se encuentra inscrita en el texto. El trabajo consiste en habitarla con verdad.

La vida, después de todo, tampoco organiza nuestras emociones por géneros dramáticos. Una conversación puede ser divertida y dolorosa casi simultáneamente. Una escena aparentemente banal puede revelar una fractura profunda. Y una discusión de pareja puede hacer sentir al espectador que ha cruzado involuntariamente la frontera de la intimidad y se encuentra observando algo que quizá no debería presenciar.

Arellano anticipa precisamente uno de esos momentos como uno de los mayores desafíos de su interpretación: una confrontación entre Juan e Irving en la que determinadas ideas que cada uno ha construido sobre el otro comienzan a derrumbarse. Sin revelar el acontecimiento que desencadena la escena, el actor señala que la sexualidad y la compatibilidad aparecen como detonadores de una conversación particularmente difícil. La cercanía emocional que propone la puesta en escena busca que el público experimente esa incómoda sensación de estar prácticamente dentro de la habitación con los personajes.

Esa intimidad encuentra un aliado en el espacio elegido para la temporada: el Foro Shakespeare. La obra se presentará en uno de sus espacios más cercanos y contenidos, una configuración que favorece la proximidad entre intérpretes y espectadores y que parece especialmente adecuada para una historia cuya fuerza reside en observar de cerca cómo dos personas intentan comprenderse mientras sus certezas comienzan a modificarse.

La puesta en escena supone además el primer montaje teatral de Arturo de la Garza como director. Arellano describe el proceso como una construcción especialmente abierta a la exploración. Esa mirada, lejos de imponer una estructura rígida sobre los actores, ha generado un espacio de libertad en el que intérpretes y equipo creativo participan en la construcción de atmósferas, personajes y ritmos. La iluminación y el universo sonoro completan una propuesta que apuesta por la sensibilidad y por la cercanía antes que por el artificio.

La temporada iniciará el 6 de octubre y concluirá el 15 de diciembre, con funciones los martes a las 20:30 horas en el Foro Shakespeare. Serán once funciones de una obra recomendada para mayores de 15 años debido a algunos elementos de lenguaje explícito. Para Arellano, precisamente la posibilidad de reunir a adolescentes y adultos forma parte del interés del montaje: cada generación puede reconocer preguntas distintas dentro de una misma historia.

Un espectador joven quizá encuentre una reflexión sobre las primeras experiencias amorosas, la identidad o el riesgo de transformarse para ser aceptado. Un adulto puede observar la obra desde la memoria: reconocer decisiones, relaciones, renuncias o versiones anteriores de sí mismo. Para quienes son padres, la historia abre además preguntas sobre acompañar sin determinar, aceptar las decisiones de los hijos y comprender que protegerlos también implica permitirles construir una vida diferente de aquella que se había imaginado para ellos.

De esta manera, Estúpida historia de amor en Winnipeg utiliza una relación particular para hablar de una experiencia mucho más amplia. Su pregunta no es únicamente cuánto estamos dispuestos a hacer por amor, sino qué entendemos por amar y desde dónde hemos construido esa definición.

Durante la conversación con RDA, Arellano regresa varias veces a una palabra: conocerse. Antes de decidir cuánto entregar a otra persona, parece sugerir la obra, habría que preguntarse quién es ese “yo” que está dispuesto a hacerlo. El autoconocimiento aparece entonces no como una consigna individualista, sino como una condición para relacionarse con el otro sin desaparecer dentro de él.

Tal vez allí se encuentre la vigencia de una obra escrita hace más de dos décadas. En una época atravesada por discursos sobre responsabilidad afectiva, nuevas configuraciones familiares, identidades diversas y formas distintas de entender los vínculos, la dramaturgia regresa a una pregunta elemental que ninguna generación parece resolver definitivamente: ¿cómo amar sin dejar de ser uno mismo?

Arturo Arellano no pretende ofrecer una respuesta universal. Desde Irving, prefiere colocar al espectador frente a sus propias contradicciones. Que la risa abra paso a la incomodidad; que la ternura conviva con el desencanto; que alguien salga del teatro recordando una relación pasada o interrogando una presente. Y que, al final, Winnipeg deje de ser solamente una ciudad canadiense para convertirse en una metáfora de esos lugares reales o emocionales hacia los que alguna vez hemos querido escapar creyendo que empezar de nuevo significaría convertirnos en alguien distinto.

Quizá el viaje que propone Estúpida historia de amor en Winnipeg termine precisamente en el punto contrario: no en desaparecer dentro del amor, sino en regresar a uno mismo.

Revista D´Arte

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